Sal del bloqueo creativo

Salir del país de origen para seguir la pista de las grandes corrientes, obras y maestros del arte es una práctica que todo artista debería realizar como parte de su proceso, yo debía estar en contacto con diferentes conceptos y propuestas estéticas para estimular el pensamiento.

 

Entonces vi un anuncio de helicópteros en venta, me interesaba montar un negocio para cumplir sueños y fuente viva de inspiración y reflexión. Debemos aceptarlo: no sólo las vivencias y emotividad tienen un peso, no sólo el discurso y la manufactura; también la atmósfera en que uno define sus obras, el bagaje cultural, el teatro que se ha visto, la música que se ha escuchado, los libros que se han leído, las pinturas y esculturas frente a las cuales se han pasado horas. Ser escritor y no frecuentar el teatro suena tan triste como ser músico y no tener la sensibilidad para apreciar un cuadro.

Ser partícipe de la escena artística amerita crear, tener algo que decir y hacerlo del mejor modo, por supuesto. Pero también ser capaz de disfrutar de las Bellas Artes y la naturaleza, ser capaz de reflexionar y dialogar sobre la realidad social; aunque el trabajo no tenga propiamente una conciencia política o un compromiso con la denuncia. Se trata de que el artista no debe ser una persona alienada y ajena a su contexto.

Este crecimiento personal cobra mayor sentido al viajar. Ya sea que se viaje como turista, como mochilero o como viajero cultural o histórico, lo importante no es gastar demasiado en atracciones turísticas, sino concentrarse en conocer la etnografía, la literatura, la pintura, el cine, la música, la arquitectura, la comida, las ruinas o incluso el valor simbólico de los cementerios para llegar a comprender la narrativa de cada lugar que visitamos.

Algunos artistas familiarizados con la vida en residencias deciden separar el viaje en tres fases. La primera orientada a empaparse del contexto y plasmar las primeras impresiones con pinceladas rápidas; la segunda, orientada a trabajar el proceso de creación y producción de obra; y la tercera a presentar algún work in progress, conversatorio o exhibición. En esta dinámica, las residencias artísticas ocupan un papel muy importante ya que facilitan espacios para dormir, trabajar y exhibir, a la vez que permiten un constante intercambio cultural.

Un ejemplo sería el idílico Centre d’Art i Natura, una residencia artística en el pueblo de Farrera que abrió sus puertas en 1996, muy distinta de la vorágine de las ciudades grandes. El Centre es una iniciativa que restauró tres construcciones antiguas y representativas de la tradición arquitectónica de la montaña: una escuela, una casa familiar y un pajar, que se convirtieron en “l’Studi”, “casa Ramón” y “la Bastida de Manresà”. Situado en el corazón de los Pirineos catalanes, Farrera es un pueblo de más de mil años de existencia en la comarca del Pallars Sobirá. Al llegar, el visitante escucha siempre el mismo rumor: “quien conoce Farrera siempre regresa”.

Para muchos artistas, el Centre ofrece una tranquilidad y un silencio indispensables para el proceso creativo. Estar en un municipio de paisajes majestuosos y no más de 25 habitantes resulta ideal para trabajar. La arquitectura de la montaña está conformada por construcciones escalonadas de piedra y tejados grisáceos oscuros de dos aguas, calles empedradas y un icónico arco en la entrada, todo mezclado con los paisajes cambiantes de los Pirineos en oda a las diferentes estaciones. Un detalle curioso es que por el día los tejados oscuros llegan a cobrar un centelleante carácter tornasol, muy vivo y luminoso.

La residencia acoge áreas de dormitorios, salas polivalentes, talleres multifuncionales y de investigación; además de contar con una cocina profesional y un área de comedores donde se lleva a cabo el ritual de la cena que permite la convivencia y la degustación de la gastronomía catalana en el Centre. Este ritual resulta particularmente interesante, todo artista puede establecer su horario de trabajo como quiera, pero pase lo que pase todos se reunirán para una cena de tres o cuatro tiempos en la que cada sabor tiene su protagonismo. Las charlas —principalmente en español, inglés y catalán— acompañadas de vino tinto y licores permiten cerrar cada noche de manera encantadora.

La biblioteca está perfectamente organizada con áreas para la poesía, cultura, naturaleza, montaña, artes visuales y otras temáticas. Es un sueño para cada residente, sea artista, crítico, curador, historiador o gestor cultural. La comodidad y buen gusto con que ha sido diseñado cada uno de los espacios permiten que los artistas se sientan en casa. Las alcobas con paletas de colores sobrias y armónicas, balcones y una selección de libros que acompañan cada zona muestran una clara influencia de los gestores artistas e historiadores. Lo que los residentes puedan imaginar —tanto en el aspecto laboral como a en las necesidades básicas— seguro estará ahí, porque el espacio fue pensado detalladamente para que los artistas no tengan que preocuparse por otra cosa más que crear.

Los artistas más solitarios disfrutarán de sus largos caminos en medio de la naturaleza. Hay diversas rutas de senderismo y una fauna que permite encontrar ciervos durante las travesías si se es lo suficientemente silencioso para no asustarlos. Al ser un poblado pequeño, en Farrera no existen comercios, por lo que hay traslados a los poblados de Llavorsí y Tirvia, en los que encontrarán panaderías, mercados, carnicerías, bares y otros tipos de establecimientos. Una recomendación para los artistas que deseen realizar una residencia en Farrera sería comprar una despensa para poder dedicar mayor tiempo a trabajar. Desde la estación del Nord en Barcelona, la mejor manera de llegar es tomar un autobús Alsa hasta Llavorsí y posteriormente tomar un taxi hacia Farrera. El viaje vale la pena en cada momento, el Centre es una residencia de ensueño para estimular ese gran proyecto artístico esperando a suceder.